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Olegario Salas-Vayne

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Llevaba más de veinte minutos de pie, observando y escuchando a la mujer que tenía enfrente, sin tener muy claro cómo había llegado hasta su recién estrenado despacho. No le había dado tiempo a colocar la placa identificativa en la puerta y la máquina de café estaba aún sin instalar, así que tan solo pudo ofrecerle un vaso de agua, mientras ponía todo su empeño en liberar una silla del embalaje de plástico con burbujitas que la envolvía, para que la recién llegada se pudiera sentar.  No hacía ni 48 horas que, a pesar de la insistencia del comisario Ramales, había abandonado su puesto como inspectora de homicidios para probar suerte y estrenar sillón en su propia agencia de detectives. El olor a pintura fresca se colaba sin piedad por las fosas nasales hasta llegar a la garganta y una montaña de cajas, apiladas de cualquier manera contra la pared del fondo, amenazaba con desmoronarse de un momento a otro… Pero ya tenía su primer caso. Raro, muy raro, pero un caso al fin y al cabo. ...

La sombra de la verdad

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  Hay verdades indiscutibles como que el sol sale por el Este y se pone por el Oeste, que no hay nada más peligroso que estornudar cuando te estás aplicando el rímel, o que todo lo que sube tiene que bajar, por lo de la fuerza de la gravedad y esas cosas, salvo, claro está, que atraviese la estratosfera y sea absorbido por un agujero negro de esos que andan    perdidos por el hiperespacio. Luego están las verdades relativas, como que en invierno siempre siempre nieva, que en verano nunca nunca llueve, o que a todo el mundo le gusta las aceitunas y el helado de chocolate (¡menuda combinación!, ¡qué asco!). En tercer lugar están las verdades de mi hija: “Mami, ¿sabes?, si te clavan una espada en el corazón te mueres, pero si se te cae el cerebro, solo te quedas tonta y luego no te caben los periódicos, ni las sumas, ni las restas, ni nada de nada”. Y finalmente está mi verdad absoluta, la que marca el principio y el fin de cada cosa, la que dice que todo tiene su mome...

¿Dónde están mis ‘manolos’?

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  Voy a contar un secreto. "¿Dónde están mis 'manolos'?" nació como parte de un experimento, de una divertida locura, de un mano a mano (en plan Silvio y Aute) con otra cuentista, amante del buen humor y de las letras como herramienta para conseguir que la dosis diaria y necesaria de risas, carcajadas y sonrisas se introduzca en nuestro organismo. Ella se llama Maite Bilbao Pérez y juntas hemos parido a Herminia y a Maripili. Ha sido un parto sin dolor. Las cuatro estamos bien.                                    ********* Las siete de la mañana, ¿cómo puede hacer tanto ruido? Debe ser por esas cosas tan modernas que llaman tacones. Esa especie de taco de madera puntiaguda que lleva debajo de los zapatos, no sé cómo puede andar sin caerse. Toc, toc, toc… Y sigue… ¿cómo consigue entrar en ellos? Son tan estrechos que los dedos de los pies sufrirán tortura. ¡Tengo que quitárselos! ¿Y por qué se v...

2080

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  15 de marzo de 2080. Han pasado más de sesenta años de la gran crisis y los habitantes del planeta Tierra se han acostumbrado a vivir en un espacio completamente aséptico. Una gran cápsula transparente protege a la humanidad y otras especies (animal o vegetal, da igual) de cualquier germen que pueda llegar desde el espacio exterior. Para reforzar la seguridad, inmensos dispensadores ambientales y bacteriostáticos, con forma de columnas dóricas, distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho de la superficie terrestre, expelen a través de sus estrías miles de partículas protectoras que se cuelan en el aparato respiratorio de todo bicho viviente. Tres “fsss” cada treinta minutos… Es domingo y, como cada último día de la semana, toca vestir de azul; azul hielo concretamente, es fin de mes. Carola se prepara para el ritual. Tiene 17 años, los mismos que tenía su abuela en 2020. Le gustaría poder elegir la ropa que se va a poner cada día, como hacían los antiguos habitantes, pero...

Una chica de anuncio

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  Con el paso de los años aprendí, aunque me costó, que las muñecas de Famosa no siempre se dirigen al portal con la idea de hacer llegar al niño su alegría y su amistad, sino que a veces estos seres tienen otras intenciones, y no muy buenas ( Chucky, Annabelle… ). También comprendí que no hace falta turrón, aunque sea El Almendro , para volver a casa por Navidad, que la chispa de la vida no se esconde en la Coca-Cola , que el Cola Cao no es el desayuno y merienda ideal por los siglos de los siglos, y que la Nocilla no es tan fantástica porque además de leche, cacao y avellanas esconde kilos y kilos de azúcar que se transforman en grasas que se acomodan tranquilamente y sin pedir permiso en tus caderas (ahora, claro; antes no se llamaba grasa, se llamaba energía). Más de una vez esperé en el patio del colegio a que un señor con gafas y bigote bajara de un helicóptero y me pusiera margarina Tulipán en el bocata de chorizo Revilla (un sabor que maravilla) que me había prepar...

¿Susto o muerte?

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  ¿Sabes ese momento en el que todo se vuelve oscuro y piensas que se acabó, que es el final ( the end ), que llegó tu hora, que vas a morir? Pues para mí, ese momento ha sido hoy. Aún estoy temblando, viva sí, pero hecha un manojo de nervios. Espero reponerme pronto del susto porque lo he pasado verdaderamente mal. He llegado a casa un poco antes que él y, tras recorrer el salón, la cocina, los dos ‘toiletes’ , las habitaciones de los niños y el cuarto de invitados, he decidido esperarle en el dormitorio principal (tipo suite con baño y vestidor). Estaba nerviosísima, pero tenía claro que era hoy o nunca. He oído el tintineo de las llaves en la cerradura, me he escondido a todo correr detrás de las cortinas (tipo blackout , vamos, de esas que no dejan pasar el sol) y he pensado: “¡Qué emoción!, ¡menuda sorpresa que se va a llevar!” Después he escuchado el clan clan de las tapas de las cazuelas y ha llegado hasta mí el olorcito a potaje recién hecho. A ver, no es lo que más ...

Los encantos de Marina

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  Por fin he encontrado mi sitio en este mundo cruel. Me siento bien, valorada, reconocida… La vida me sonríe por una vez y no puedo estar más feliz. ¡Fíjateeeee! Desde esta posición privilegiada veo a la gente pequeñita y eso me hace sentir grande, poderosa, con una fuerza inusitada y una seguridad en mí misma que me aleja cada vez más de la mujer ñoña e invisible que siempre he sido. Aquí estoy, pisando fuerte, soy una diosa. ¡A ver quién es el guapo que me mueve! —¿Le apetece a la dama una copa de cava? ¿Y esa voz tan masculina, tan viril? ¡A la dama, dice!, se lo tengo que contar a mi amiga Carmen. Me empiezan a sudar las manos, confío en que él no se dé cuenta, se me hace un nudo en la garganta… ¡Joder!, creo que he ligado. Me giro, nuestras miradas se encuentran y yo…, yo no sé qué hacer, así que intento sacar provecho a los tres mil euros de mis recién retirados brackets de zafiro y le dedico una entrenada sonrisa profident al morenazo de ojos negros que, solícito ...

Mi familia y esas cosas

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  Mi nombre es Soco, bueno, Socorro, y soy la mayor de tres hermanos. ¿Por qué?, ¿por qué, qué? ¿por qué me llamo Socorro o por qué soy la mayor? A ver, lo de que soy la mayor es por algo tan evidente como que nací la primera (tampoco hay que ser muy listo), en 1980; pero lo de Socorro… Lo de Socorro es otra historia. Me llamo Socorro porque así se llama mi abuela paterna y así ha venido siendo durante generaciones. En mi familia, el primero en nacer se lleva como premio el nombre de los abuelos paternos (en mi caso Socorro y Secundino); al segundo vástago le toca el de los abuelos maternos, y a partir del tercero, lo que decidan los padrinos, los padres o la vecina del quinto. El tema es que, debido a esa estupendísima tradición, tengo once primas que se llaman igual que yo, porque mi padre tiene once hermanos varones, todos ellos tuvieron una niña como primer descendiente y todos, absolutamente todos, optaron por Socorro antes que por Secundina. La cosa se complica aún más,...