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Mostrando las entradas etiquetadas como paola inspectora

La raya

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  A ver, que ni era su mejor raya ni el efecto era el mismo que cuando tenía veinte años, aunque la cabeza le daba vueltas, el corazón le iba a mil por hora, sudaba como un pollo (¿los pollos sudan?) y tenía los ojos igual de vidriosos que entonces. Soltó una carcajada y automáticamente se llevó la mano a la boca. La había liado parda… o quizás no. Pensándolo bien, tampoco era para tanto, pero Paola era experta en convertir cualquier situación en un drama. —¿Qué no es para tanto?, ¿que no es para tanto? Abuela, ¡por Dios Santo!, que has dejado el baño de la Comisaría hecho un Cristo. ¿De dónde narices has sacado tú todo… todo esto? ¿quién te lo ha proporcionado?, ¿pero tú te has visto?, ¿en qué estabas pensando? Demasiadas preguntas seguidas para una “pobrecita anciana desvalida” cuya mente buscaba a toda velocidad la mejor manera de hacerse la víctima. No, verse, lo que se dice verse no se había visto, o por lo menos no se había visto bien. No llevaba las gafas puestas y c...

Encargo mortal

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Todo iba bien hasta que recibió la orden de matarla. No había sido una petición, ni una propuesta, ni mucho menos una sugerencia. No tenía alternativa, había sido una orden clara y directa. — Hay que acabar con ella y tienes que ser tú. Debes hacerlo tú. Sabía que era peligrosa, conocía muy bien lo que su sola presencia provocaba, pero ¿matarla? Paola Martín no era una asesina, era inspectora de policía. Y de la buenas. De ésas que toman el café solo doble, cargado y con extra de azúcar. Abrió el cajón de su escritorio y sacó su semiautomática, su maravillosa Heckler & Koch USP . Acarició la empuñadura de polímero reforzado con fibra de vidrio y piezas de acero inoxidable y comprobó el cargador, estaba vacío. La sensación que le produjo tocar el arma no le gustó. La guardó de nuevo y cerró el cajón. Si lo iba a hacer, tendría que ser de otra manera. Su arma reglamentaria no le serviría de nada, era inútil tratar de usar la pistola contra su objetivo. Necesitaba pensar… Co...

Olegario Salas-Vayne

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Llevaba más de veinte minutos de pie, observando y escuchando a la mujer que tenía enfrente, sin tener muy claro cómo había llegado hasta su recién estrenado despacho. No le había dado tiempo a colocar la placa identificativa en la puerta y la máquina de café estaba aún sin instalar, así que tan solo pudo ofrecerle un vaso de agua, mientras ponía todo su empeño en liberar una silla del embalaje de plástico con burbujitas que la envolvía, para que la recién llegada se pudiera sentar.  No hacía ni 48 horas que, a pesar de la insistencia del comisario Ramales, había abandonado su puesto como inspectora de homicidios para probar suerte y estrenar sillón en su propia agencia de detectives. El olor a pintura fresca se colaba sin piedad por las fosas nasales hasta llegar a la garganta y una montaña de cajas, apiladas de cualquier manera contra la pared del fondo, amenazaba con desmoronarse de un momento a otro… Pero ya tenía su primer caso. Raro, muy raro, pero un caso al fin y al cabo. ...

La sombra de la verdad

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  Hay verdades indiscutibles como que el sol sale por el Este y se pone por el Oeste, que no hay nada más peligroso que estornudar cuando te estás aplicando el rímel, o que todo lo que sube tiene que bajar, por lo de la fuerza de la gravedad y esas cosas, salvo, claro está, que atraviese la estratosfera y sea absorbido por un agujero negro de esos que andan    perdidos por el hiperespacio. Luego están las verdades relativas, como que en invierno siempre siempre nieva, que en verano nunca nunca llueve, o que a todo el mundo le gusta las aceitunas y el helado de chocolate (¡menuda combinación!, ¡qué asco!). En tercer lugar están las verdades de mi hija: “Mami, ¿sabes?, si te clavan una espada en el corazón te mueres, pero si se te cae el cerebro, solo te quedas tonta y luego no te caben los periódicos, ni las sumas, ni las restas, ni nada de nada”. Y finalmente está mi verdad absoluta, la que marca el principio y el fin de cada cosa, la que dice que todo tiene su mome...

Los zombies no saben bailar

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  20:00 horas, sábado. El tamborileo de sus dedos sobre la mesa de melamina del despacho del comisario, mientras releía por quinta vez el informe que le había pasado el subinspector Bernini, no presagiaba nada bueno. La inspectora Paola Martín, de homicidios, se había hecho sangre al morderse el labio inferior, tratando de contener el impulso de levantarse y agarrar por el cuello a la sospechosa que, sentada frente a ella y con cara de no haber roto un plato en su vida, se aferraba a un bolso de macramé con asas de madera, que descansaba sobre sus rodillas como si fuera un perrito de peluche. Con Ramales de baja, Paola había tenido que asumir el mando y trasladarse a una oficina que, para su desgracia, apestaba a sudor añejo y a Varón Dandy , poniendo a prueba una reciente hiperosmia* , que la había convertido en un detector humano de todo tipo de olores (los buenos y los no tan buenos). —Tenemos tres más; un hombre de sesenta años con lesión testicular grave, una monja con luxació...

Rubia, soltera y extremadamente peligrosa

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  Pasar las primeras horas de la mañana de Reyes interrogando a una sospechosa de asesinato no entraba dentro de sus planes, pero no le había quedado más remedio que hacer de tripas corazón y cruzar los dedos para que aquello terminara cuanto antes y poder así disfrutar tranquilamente del roscón y del delicioso chocolate que cada seis de enero preparaba su abuela. Aún no había amanecido. La inspectora Paola Martín, de homicidios, tenía la mirada perdida en la cucharilla que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj mientras revolvía el café, exigiéndose a sí misma un esfuerzo sobrehumano para permanecer despierta. —No ha sido ella— El timbre de voz extremadamente agudo de la abogada de oficio la terminó de espabilar. —¿Perdón? —Que le digo que mi clienta no es la asesina. Paola observó con desgana a la sospechosa. Embutida en un vestido blanco al más puro estilo “Instinto Básico” ( Sharon Stone en pleno cruce de piernas) , Bárbara M.R. permanecía en silencio, s...

Un diagnóstico indecente

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  Genoveva ( Veva para amigos y familiares) López de Azpilicueta, viuda de Argüelles y marquesa de Santillana releyó por quinta vez aquellas seis palabras. Media docena de vocablos que configuraban un diagnóstico totalmente indecente que, de hacerse público, podría arruinar su vida para siempre o, lo que es peor, su reputación: “ Síncope vasovagal por esfuerzo al defecar” . Conocía de sobra a los buitres que la rodeaban (cuñados, sobrinos, una hija legítima de su primer matrimonio y el hijo que su segundo marido tuvo con el ama de llaves) y sabía de sobra que lo que tenía entre sus manos era su sentencia de muerte, la oportunidad que todas esas aves carroñeras estaban esperando. Pensaba en la próxima portada de la revista Hola . Había contratado con ellos un reportaje para enseñar su casa, sus perros, sus jardines, sus quince cuartos de baño con grifería dorada, sus cuadros de Botero y sus piscinas (la climatizada y la otra), por el que se llevaría unos buenos euros. Nota menta...

Calladita estoy más guapa

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Se detuvo por quinta vez delante del espejo del recibidor y revisó su imagen de arriba a abajo, observando de forma minuciosa cada detalle, antes de que la alarma del móvil le indicara que ya no había tiempo para más cambios. Después de dos horas haciendo combinaciones de prendas, asesorada por una niña de cinco años aspirante a itgirl de lo más cool , la inspectora Paola Martín, de homicidios, remató el outfit elegido para aquella ocasión recogiendo su melena rizada en una coleta alta (muy Rihanna ). Siempre prestaba atención a su aspecto, pero aquel día era vital. No quería pecar de poli tiesa e intransigente, pero menos aún que se le subieran a la chepa. No le interesaba proyectar una imagen demasiado formal, por lo que descartó el traje de chaqueta de Armani que se había comprado en el último Black Friday .  Tampoco era cuestión de ir en deportivas y con los vaqueros rotos por muy de moda que estuvieran, así que al final, tiró por el camino del medio: pantalones pitillo, ...