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Renata & Colette

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  — ¿Te la vas a comer? El movimiento vertiginoso del tenedor de Colette sobre la última croqueta que quedaba huérfana en el plato, pasó como un tsunami por delante de los ojos de Renata antes de que su cerebro pudiera dar la orden de abrir la boca y decir ‘sí’. Ni era la primera vez ni sería la última. ¿Te lo vas a comer?, ¿te lo vas a beber?, ¿te lo vas a poner?, ¿te lo vas a comprar?, ¿te lo vas a follar?... Colette nunca esperaba respuesta y se comía los bombones que Renata atesoraba para ese momento especial que nunca llegaba, se bebía su gintonic antes de que las dos bayitas de enebro tuvieran la oportunidad de dejar su toque aromático, investigaba en su armario y se ponía sin permiso el vestido negro con el escotazo hasta el ombligo, se compraba el modelo de coche deportivo para el que ella llevaba ahorrando media vida y se follaba al tío que le gustaba. La vida de Renata era un desear sin osar y la de Colette un actuar sin medida. ¡La odiaba! Aquella tarde, Colett...

Culpable, la luna

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  Había elegido aquella noche tenebrosa para pedirle matrimonio, pero la luna decidió hacerle una jugarreta y cambió el color del escenario que cuidadosamente había preparado.  Ahora todo era azul y verde… No, rojo y amarillo... No, no, era algo así como rosa chicle y gris marengo... ¿O no?  Se llevó las manos a la cabeza y se tiró de los pelos. ¡Nunca llegaría a saberlo! Lanzó con rabia la cajita con el anillo de compromiso y la estampó contra un árbol.  Ahora ni siquiera sabía si iba bien vestido, si la camisa le combinaba o no con el pantalón. ¡Ayyyy! ¡Cómo odiaba eso de ser daltónico!

¡Hasta mañana!

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  Mañana intentaré atraparte de nuevo justo en el momento en que me digas adiós. Abriré mis brazos de espuma y te abrazaré muy fuerte para que no te escapes, aunque sé que lo harás…  Volverás cada atardecer para insultar con tu grandeza a aquellos que pretenden encerrar nuestra unión en una fotografía. Tu último rayo penetrará en mi ola más fiera y yo te seguiré buscando cada día.  

Historias para no dormir

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  4:28. El sonido estridente de la alarma de un coche irrumpió de forma violenta en el descanso nocturno del vecindario. El perro del sonámbulo del 2ºA empezó a ladrar, la gata de la viuda del 3ºC no dejaba de maullar y un bebé desconocido lloraba a lo lejos, mientras la rubia del 1ºD descubría con disgusto que los ronquidos de su marido no serían lo peor de aquella noche. Desde el edificio de enfrente una voz gritó, “¡que alguien lo haga callar, por favor!” ¿A quién? ¿al coche, al perro, al gato, al bebé o al marido? Harto de que le robaran el sueño, el currela del 4ºC lanzó una bombona de butano contra el vehículo chillón y la estudiante del 2ºB ahogó un grito cuando la vio caer. No explotó, eso sí, reventó el coche. 4:30. Se paró la alarma, el perro dejó de ladrar, el gato de maullar, el bebé de llorar y la rubia intentó volver a coger el sueño. Su esposo ya no roncaba, esta vez el trozo de esparadrapo era un poco más ancho.  

¡Mamá, quiero ser artista!

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  ¡Mamá, quiero ser artista! La primera vez que lo dije tenía cinco años. Mi madre me compró un traje de flamenca, una peineta y me hizo cantar “La Zarzamora” de tablao en tablao. Pero no era eso lo que yo quería. La segunda vez, con diez, subimos de escalón. ¡Mamá, quiero ser artista! Me llevó a clases de canto y aprendí a tocar el piano, la guitarra eléctrica y el clavicordio. ¿Para qué? No lo sé, pero ya tengo más Grammys que The Beatles y Beyoncé juntos. En plena edad del pavo insistí. ¡Mamá, quiero ser artista! Me apuntó a clases de dibujo y pintura y aprendí todo tipo de técnicas: acuarela, témperas, collage, cera, acrílicos, pastel, temple, óleos, técnicas mixtas… Tengo dos exposiciones en el Louvre, una en el Guggenheim y a punto estoy de exponer en el Museo del Hermitage. Con veinte me atreví de nuevo. A ver si ahora… ¡Mamá, quiero ser artista! Se quedó pensando y empezamos con cursos de narrativa y talleres de escritura creativa. Ya tengo el Premio Planeta, el Cerva...